Soy Dom Fernández (1982), fotógrafo documental de Barcelona, aunque trabajo en una oficina técnica por las mañanas. Actualmente estoy realizando un Verkami para lanzar mi primer fotolibro, “El niño que vendió el mundo”, un ensayo fotográfico sobre la infancia, el crecimiento y la privacidad. Un trabajo realizado durante más de diez años.

Me gradué en dirección de cine y documental, para más tarde trabajar creando vídeos en proyectos musicales y de graffiti. Con el tiempo, mi interés por contar historias de forma más directa y personal me fue acercando a la fotografía, de manera autodidacta formando parte de la Associació Fotogràfica de la Garriga  de la cual aún soy socio como también de AFOCER de Cerdanyola del Vallés.

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@ Dom Fernández

En 2013 nació nuestro hijo y tomamos una decisión importante: no mostraríamos su rostro en redes sociales para mantener su identidad al margen de internet. Ese mismo año, Edward Snowden lanzó su mensaje navideño, un recordatorio de la importancia de la privacidad en la era digital.

“Un niño nacido hoy crecerá sin ningún concepto de la privacidad. Nunca sabrán lo que significa tener un momento privado para ellos, un pensamiento que no sea analizado o registrado.Y esto es un problema, porque la privacidad importa, es lo que nos permite determinar lo que somos y lo que queremos ser», escribía Snowden

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© Dom Fernández

Vivimos en una época saturada de información e imágenes, dónde parece que hemos olvidado el valor de la privacidad. “La era del like”, comparto, luego existo. Quizás por la necesidad de vernos comprendidos y aceptados por la sociedad.

Crear un proyecto fotográfico a partir de la vida familiar no es fácil, “Immediate Family” de Sally Mann es un ejemplo de otra época, aquella en que los niños no solían ser protagonistas en las fotos, pero la fama trajo consigo perder la tranquilidad y el anonimato. Sally Mann fue una madre valiente y una fotógrafa excepcional.

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© Dom Fernández

¿Es posible compartir el crecimiento de tus hijos manteniendo la privacidad? En un inicio coincidió con mi paso del video a la fotografía y con la idea de documentar el crecimiento de nuestro hijo respetando su identidad para poder compartir algunos momentos en redes con amigos y conocidos.

Cómo pasa muchas veces lo que parece una limitación, en este caso no mostrar la cara, se convierte en una virtud en beneficio de la creatividad.

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© Dom Fernández
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© Dom Fernández

Después de un tiempo, esta primera idea de una serie de fotos simplemente documentales y familiares comenzó a dar forma a un proyecto más grande. Avanzaba con mis conocimientos de fotografía y cada vez me acercaba más a las ideas que tenía en mente, pero ese punto de inflexión sucedió un día caminando por la montaña, cuando mi hijo me preguntó:

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© Dom Fernández

“¿Papá, cuando vayas al cielo, me dirás cómo se va?” Esa frase tocó mi alma, encendió algún interruptor, y a partir de ese momento me di cuenta de que tenía que ir más allá. Ya no se trataba de hacer fotos bonitas que gustaran, las fotos tenían que mostrar parte de mí.

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© Dom Fernández
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© Dom Fernández

Tenía que buscar en cada foto un punto de encuentro entre el retrato de un hijo y el autorretrato de un padre, siguiendo una idea, el crecimiento. Y eso fue lo que llevó la serie a otro nivel, un proyecto más profundo, más estructurado, más personal.

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© Dom Fernández
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© Dom Fernández
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@ Dom Fernández

El proyecto trata del crecimiento y la búsqueda de la propia identidad de un niño, pero también de un padre y un fotógrafo. Algunos lo pueden llamar encontrar tu estilo, otros encontrar tu propia voz, y es que la fotografía es un lenguaje que permite una libre interpretación pero al mismo tiempo es una herramienta, esa que al inicio me limitaba debido a mis pocos conocimientos pero con la práctica conseguí llevarla a mi terreno.

La famosa frase de Marc Riboud “la fotografía es saborear la vida intensamente a cada centésima de segundo” nunca había tenido tanto sentido para mi. Saborear la infancia de mi hijo cada centésima de segundo, orgulloso de que no todos esos instantes estén representados en fotos, pero siguen vivos grabados en nuestros recuerdos.

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© Dom Fernández

Llegó un momento en que nuestro hijo entendió el proyecto y quiso formar parte del él, aportando sus ideas y dándole valor a que yo fuera “el pesado de la cámara”.

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© Dom Fernández
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@ Dom Fernández

Me gusta esa relación que hacen algunos de un tipo de fotografía con la poesía, el ocultar ciertos elementos para dejar vía libre a la interpretación del observador.

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© Dom Fernández
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© Dom Fernández

La evolución de la idea inicial desde un tema familiar y personal hasta un proyecto narrativo y todo el proceso me hizo darme cuenta de que al evitar mostrar su identidad permitía que otros se vieran identificados con el protagonista, que les llevara al recuerdo de su propia infancia, al mismo tiempo daba la oportunidad a todos esos niños que por desgracia por un motivo u otro no pueden vivir según que tipo de aventuras.

El libro

Para realizar la maqueta del fotolibro, junto a Ignasi de “La Bibliogràfica” de Caldes de Montbui, viajamos al universo de los niños. Seleccionando entre más de 100 fotos y editando, jugamos a darle una estructura dentro de ese mundo, donde pocas veces nos dejan entrar a los adultos.

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© Dom Fernández

El título hace referencia a la canción de David Bowie, “The man who sold the world”, más tarde versionada por Nirvana. Según el propio Bowie, la canción ejemplifica cómo te sientes cuando eres joven, con una parte de ti buscando encajar en el mundo y una gran necesidad de descubrir quién eres realmente.

El libro está formado por 78 fotos junto a 4 ilustraciones —incluyendo la imagen de portada, un autorretrato del protagonista a los 5 años. “El niño que vendió el mundo” es una ventana hacia la infancia y, al mismo tiempo, un espejo.

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@ Dom Fernández
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@ Dom Fernández

Un espejo que nos recuerda que una vez también fuimos niños o niñas: que vivíamos en el presente, con curiosidad, maravillándonos por las cosas más sencillas, con nobleza, respetando la vida, con ganas de descubrir y aprender. Y que cada problema era solo un desafío dentro de un gran juego.

Durante un proyecto tan largo, he utilizado varias cámaras. Una mezcla entre Sony A6000, Sony A7 Mark III, Ricoh GR II APS-C y Ricoh GRD IV.

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@ Dom Fernández

Empecé utilizando una Lumix GH2, que dejó de funcionar y entonces compré una Sony A6000 usada, que aún sigue siendo mi cámara preferida, y con la que hice la primera parte del proyecto. Más tarde añadí la A7 Mark III y la Ricoh GR II, aunque esta última la cambié por la GRD IV antigua para una serie de fotos en blanco y negro. En cuanto a objetivos principalmente utilizo el Sony FE 28 f2, y en menor medida el Sony FE 55mm F1.8.