La segunda vez que vi a Rosalía yo era su fotógrafo oficial. Bueno, la verdad es que era uno de los fotógrafos oficiales del concierto de casi una veintena de artistas en el que ella también participaba, así que igual hablar de «su fotógrafo oficial» es una exageración digna de youtuber, pero para que el algoritmo me identifique de tal forma, digamos que me viene al pelo y dejémoslo ahí.

La cuestión es que la vez anterior a esa, yo le había hecho un pequeño posado, cuando no era tan conocida. Había pasado poco tiempo, pero el suficiente para convertirse en la superestrella que ahora es. Me correspondía hacerle otra foto, previa a su actuación. Un fondo negro y un flash, nada del otro mundo, no empecemos a fliparnos. Cuando llegó mi momento, le saludé, le expliqué lo que quería y le hice las fotos, no fue más de un minuto y medio.

Me pidió ver la foto en la pantalla y al verla me sonrió. «¿Podemos hacer otra con las manos en otro sitio?». Por supuesto acepté y cuando repetimos, en lugar de pedirme revisar la foto se detuvo un segundo y me dijo: «Tú me hiciste una foto muy bonita el día de la presentación del disco». Me dejó un poco helado porque, aunque recuerdo que le dio me gusta al post de Instagram, no contaba con que se quedase con mi cara. Ella se acercó muy despacio a mí -o tal vez era yo que estaba un poco flipando-, me dio un abrazo, me dijo gracias y se fue.

Es una anécdota estúpida, pero por ese día siempre había revoloteado en mi cabeza la idea de que Rosalía entendía la importancia de la fotografía y de los fotoperiodistas para una persona como ella. Parece ser que no. O tal vez sí, y precisamente por eso tiene a alguien a su alrededor tomando este tipo de decisiones. Pero eso ya es especular, y yo tengo la historia de un abrazo que proteger.

De la aprobación al veto

Porque hace unos días, en su primer concierto en Madrid, mis compañeros acreditados se quedaron compuestos y sin concierto. Los fotoperiodistas acreditados -profesionales con años de oficio, con portafolios revisados y aprobados por la propia organización del evento- recibieron la notificación de su veto apenas un par de horas antes del inicio del espectáculo.

No hubo explicación sustancial más allá de una manoseada excusa basada en la seguridad. No hubo margen de reacción. Solo la puerta cerrada y, en su lugar, un paquete de fotografías oficiales listo para distribuir. El mensaje es nítido, aunque nadie lo diga en voz alta: bienvenidos a la cobertura tutelada. Pasen, siéntense, aquí tienen su relato. No se molesten en mirar.

Lo que resulta especialmente llamativo -y aquí es donde la cosa adquiere un tono casi cómico si no tuviera un trasfondo tan descorazonador- es la secuencia de los hechos. La organización había solicitado con antelación el portfolio de cada fotógrafo para dar su visto bueno.

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Foto: Eduardo Parra.

Tomárselo con calma, revisar el trabajo, valorar trayectorias. Un proceso serio, adulto, profesional que, si bien no es de recibo para algunos compañeros cuyo nombre ya debería ser de sobra conocido para la organización, al menos denota cierta preocupación y seriedad para que no se cuelen quienes no se tienen que colar. Que guste o no, los hay.

Tanto esfuerzo para después cancelarlo todo a un par de horas del comienzo, con el tiempo justo para que el fotógrafo no pudiera ni buscar aparcamiento cerca del recinto. Eso no es una decisión logística. Es una decisión estética, de control, y con un punto de crueldad burocrática que merece su propio nombre.

Se me ocurre uno, pero mejor llamarlo ghosting institucional, que tiene menos punch pero también menos posibilidades de acabar explicándole a un juez por qué uso esa otra palabra para describir a una multinacional del entretenimiento.

Alguien, en algún despacho o en algún chat de WhatsApp con demasiados emojis de fueguitos, decidió que la mirada de un fotoperiodista independiente era un riesgo que no valía la pena asumir. Que un profesional con criterio propio, con un ángulo propio, con la capacidad de capturar algo que no estaba en el guion, era básicamente una amenaza. No un periodista. Una amenaza. Lo peor de todo es que si al relato le añades coche oficial y escolta, me suena demasiado.

Las fotos del público y sus móviles

¿Y qué ocurrió? Que los redactores de los medios -y el público en general-, que sí pudieron entrar sin problema porque aparentemente un periodista con móvil es inofensivo, hicieron la foto cuyo fin era el mismo que la que iban a hacer los profesionales de la imagen, pero desde la fila 47, con el brazo estirado y rezando para que el de delante no se moviera.

Sin el ángulo, sin la luz, sin la proximidad que solo un profesional con acceso real y, especialmente, ojo fotográfico, puede conseguir. Esas son las fotos que vio el público. Las que publicaron los periódicos. Las que quedaron para el archivo. Un legado visual a la altura de una cuenta de Instagram de viajes de fin de semana.

Aquí conviene no perderse en el debate técnico -móvil frente a cámara profesional- porque ese no es el fondo de la cuestión, que podría serlo y además sería un debate interesante, pero hoy no estamos en ese barco.

El fondo es que un equipo de contables -yo sigo negándome a creer que esto fuera decisión de la propia Rosalía porque, entre otras cosas, me niego a dejar de contar la historia de nuestro abrazo cuando voy a un instituto a dar una charla- decidió sustituir la mirada periodística por la imagen corporativa.

Que prefirió entregar a los medios una narrativa visual ya cocinada, empaquetada y casi, si me apuras, con su correspondiente pie de foto aprobado, antes que permitir que alguien ajeno a la maquinaria de la gira capturase algo no previsto, no aprobado, no conveniente. Lo que el común de los mortales llama ‘realidad’. El pensamiento político e institucional lleva años invadiendo la cultura, ahora también le pone portero en la puerta.

Controlar el relato

El fotoperiodismo no es decoración. No es el complemento visual de una crónica para que la página no quede demasiado gris. Es registro. Es memoria. Es la diferencia entre la foto que el artista elegiría de sí mismo —ese plano contrapicado con el foco perfecto y la melena al viento— y la imagen que cuenta algo verdadero sobre un momento irrepetible; escribir con luz en el más poético y, al mismo tiempo, realista sentido de la expresión. Los equipos de comunicación de los grandes artistas lo saben perfectamente. Y precisamente por eso actúan como actuaron.

Lo más triste, con todo, no es el veto en sí. Los vetos existen, son discutibles, generan debate, la industria del entretenimiento lleva décadas coqueteando con distintas formas de acotar el acceso periodístico y el asunto tiene más aristas de las que caben en una columna.

Lo verdaderamente triste es la teatralidad del proceso: el portfolio solicitado con seriedad, la revisión fingida con aparente rigor, la acreditación prometida y retirada a última hora con la elegancia de ese WhatsApp de tu ex. Eso no habla solo de control. Habla de una industria que ha aprendido a gestionar la prensa no con transparencia, sino con la apariencia de transparencia. Si se piensa bien, bastante más sofisticado y, lo que es peor, bastante más inquietante.

Los medios de comunicación, por su parte, harían bien en reflexionar sobre lo que significa publicar fotografías oficiales como si fueran cobertura periodística. Porque cuando un periódico ilustra su crónica con la imagen que el artista quiso que viéramos, con la luz que su equipo eligió, desde el ángulo que su director de fotografía aprobó, ya no está informando sobre el concierto.

Está participando, gratis y con buena voluntad, en su campaña de comunicación. Es un colaborador no remunerado del departamento de marketing. Y eso, por si alguien en las redacciones no lo ha pensado todavía, debería incomodar un poco más de lo que parece incomodar.

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