Durante el Día de Muertos Oaxaca se transforma en uno de los lugares más fascinantes del mundo para cualquier fotógrafo. Pero retratar esta celebración exige algo más que técnica: entender la tradición, respetar el contexto y aprender a mirar antes de disparar.
Hay lugares donde la fotografía aparece sola. Y hay otros donde primero hay que entender lo que está ocurriendo. Oaxaca, durante el Día de Muertos, pertenece claramente a la segunda categoría. Y los viajes fotográficos que organiza ARTISAL buscan, precisamente, ese tipo de relación entre el destino y el viajero-fotógrafo.

Porque quien llega por primera vez suele esperar una fiesta llena de color: flores de cempasúchil, calaveras, música, comparsas, Catrinas y sí, todo eso está ahí. Pero cuando uno pasa varios días en la ciudad descubre algo mucho más profundo. Y es que el Día de Muertos en Oaxaca no es un espectáculo, es una relación entre vivos y muertos que viene de antiguo. Y eso cambia por completo la manera de fotografiar.
Oaxaca no celebra el Día de Muertos, lo vive
En Oaxaca el Día de Muertos, lejos de ser una recreación para turistas, es una tradición familiar que sigue viva en la vida cotidiana. Las comunidades zapotecas y mixtecas han mantenido durante siglos una relación muy natural con la muerte. La idea de fondo es sencilla: los muertos no desaparecen del todo, siguen formando parte de la familia y durante unos días al año se les invita a regresar.

Por eso se preparan altares en las casas con comida, velas, mezcal, chocolate, flores de cempasúchil y todo aquello que era del agrado de los familiares difuntos. Las familias pasan horas —a veces toda la noche— en los cementerios acompañando a sus seres queridos fallecidos y transformando las tumbas pequeños altares.
Así, es importante para el fotógrafo comprender que no se encuentra frente un evento al uso, sino que está frente a un ritual que requiere respeto y complicidad para acercarse lo suficiente como para sus fotos transmitan, en la medida de lo posible, la energía del momento.
Observar antes de fotografiar
Organizar un viaje fotográfico al Día de Muertos en Oaxaca requiere tener la sensibilidad suficiente como para llegar a la ciudad durante los días previos a la celebración. El fotógrafo, igual que un corredor que se prepara para dar lo mejor en la próxima carrera, también necesita un entrenamiento y un calentamiento previo al evento.

Así, cuando organizamos un viaje fotográfico a Oaxaca no empezamos directamente en los cementerios. Antes de que llegue el momento más intenso de la celebración dedicamos tiempo a recorrer la ciudad con calma: el Zócalo, los mercados, las calles del centro histórico y así ir calentando motores para cuando llegue el momento, estar a la altura de la celebración.

Recorrer las calles engalanadas del centro de la ciudad, visitar los mercados como el “20 de Noviembre” o el “Benito Juárez” es fundamental para empezar a trabajar la fotografía de calle y atrapar escenas cotidianas, hacer retratos, captar el color y los gestos. Esta especie de entrenamiento previo sirve, sobre todo, para entender algo esencial: aprender a moverse con la discreción y el respeto necesarios para fotografiar momentos mucho más íntimos los próximos días.
Monte Albán: entender el origen
Una vez instalados en Oaxaca y antes de la celebración del Día de Muertos solemos hacer una visita importante: el Sitio Arqueológico de Monte Albán. La antigua capital zapoteca se levanta sobre una meseta que domina todo el valle de Oaxaca.

Sus templos, el juego de pelota y las estructuras ceremoniales nos recuerdan que la relación con los ancestros en esta región tiene miles de años. Las culturas mesoamericanas ya celebraban rituales dedicados a los muertos mucho antes de la llegada de los españoles y para ellos la muerte formaba parte del ciclo natural de la vida. En Monte Albán tomamos conciencia de las raices profundas de esta celebración y la profunda conexión de estas culturas con la muerte.
La visita de Monte Albán también es un buen ejercicio para la fotografía arquitectónica y de paisaje. Sus edificios nos permiten profundizar en la observación, composición y las cuestiones más técnicas de la fotografía.
La noche en los cementerios
Sin darnos cuenta entonces llega uno de los momentos más intensos del viaje: la visita nocturna a los cementerios de Santa María Atzompa y Santa Cruz Xoxocotlán que se llenan de familias que vienen a acompañar a sus muertos hasta el alba.
La primera preocupación de muchos fotógrafos suele ser técnica: poca luz, velas, ISO alto, trípode. Pero en realidad la parte más importante no es esa sino que la clave es nuestra adaptación emocional al entorno.

Las familias limpian las tumbas, colocan flores, encienden velas, comparten comida, música y pasan la noche disfrutando de largas conversaciones que duran hasta el amanecer. No es una escena triste. Se habla, se recuerda, se ríe. La tumba se convierte en un lugar de encuentro familiar.

En ese momento la cámara tiene que pasar a un segundo plano. Hay que observar primero, entender el ambiente y decidir cuándo fotografiar y cuándo no hacerlo. La buena fotografía aquí no nace de la técnica, sino del respeto.
Cuando la ciudad entera entra en la celebración
Durante los días siguientes la celebración se expande por toda Oaxaca. Comparsas con máscaras, altares públicos, música en las calles, familias visitando cementerios… La ciudad entera parece transformarse.

Pero incluso en medio de esa actividad, muchas de las imágenes más interesantes siguen estando en los pequeños detalles: una vela encendida, una fotografía en un altar, una familia cenando junto a una tumba. Son escenas sencillas, pero cuentan mucho más sobre la cultura del lugar que cualquier imagen espectacular.
Cómo planteamos un viaje fotográfico así
Cuando diseñamos este viaje intentamos evitar dos cosas muy habituales en el turismo actual: la prisa y los grupos grandes. Solemos trabajar siempre con grupos muy reducidos —normalmente seis personas— porque eso cambia completamente la experiencia. Permite movernos con tranquilidad, integrarnos mejor en los lugares y dedicar tiempo a cada situación.

Nuestro objetivo es regresar con buenas fotos y aprender a mirar y darnos cuenta que la fotografía nos permite conocer el mundo y reflexionar sobre cómo nos relacionamos con él.
Después de varios días trabajando en mercados, calles, cementerios y pueblos cercanos suele ocurrir algo curioso. Los viajeros-fotógrafos dejan de buscar “la foto espectacular” y empiezan a fijarse en pequeños gestos: una mano colocando flores, una vela encendida, una conversación alrededor de una tumba. En ese momento la fotografía cambia.

Este artículo es una colaboración entre Artisal y Photolari. Artisal es una agencia que organiza esos viajes fotográficos que en Photolari nos gustaría hacer y que estamos encantados de recomendar.











