Este era mi primer eclipse. Y, como fotógrafo ansioso de likes y comentarios positivos en Instagram que soy, llevaba en la cabeza una colección bastante ambiciosa de fotos que quería hacer. Había pensado en la foto clásica y básica del eclipse en todo su esplendor, tan impresionante como sosa.

Había pensado en aprovechar la superficie especular de los filtros para hacer alguna virguería muy loca y conseguir que el eclipse se reflejase en el propio filtro. Había pensado incluso en algo más emotivo: un niño pequeño subido a un taburete mientras su padre, o mejor aún, su abuelo, le explicaba lo que estaba viendo. Tenía, más o menos, una película completa montada en mi cabeza sobre cómo quería fotografiar aquel eclipse.

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Foto (collage): Edu Parra

Y además iba bien armado. Un 500 mm de los de color blanco, de los caros. Un duplicador de los que no hacen perder nitidez, Trípode de los que pesan, de los caros, filtro solar -ese sí, de los baratos, que cuestan mucho y probablemente solo voy a utilizar una vez- y un cuerpo de cámara de muy alta gama. Sobre el papel, todo perfecto. Luego empezó el eclipse.

El plan de batalla y la realidad

Huelga decir que, como buen profesional que soy, había hecho los deberes. Estuve realizando pruebas para comprobar qué tal era eso de buscar el Sol prácticamente a ciegas, cómo enfocaba la cámara con el filtro solar puesto y, en definitiva, fui tachando uno por uno los diez consejos que todo fotógrafo de eclipses debería dominar, según ChatGPT. Pero como dijo en su día el general prusiano Moltke el Viejo, ningún plan de batalla sobrevive al primer contacto con el enemigo.

La primera señal de alerta fue que me había olvidado el duplicador en casa. Y por los pelos no me olvido también del filtro solar. Teniendo en cuenta que me había desplazado casi 200 kilómetros, un viaje rapidito para recogerlo quedaba descartado.

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Foto: Edu Parra

La segunda señal fue el karma. Cuando llegué al lugar que había elegido ya había algunas personas esperando. Habían montado sus trípodes y comenzaban a hacer los primeros ajustes en sus modestas cámaras con sus modestos teleobjetivos. No estoy seguro de si lo hice de verdad, pero en mi fuero interno creo que esbocé una sonrisa de superioridad. Esa sonrisa típica del matón de instituto que piensa que, por tener más músculos, uno pelea mejor.

No pasaron ni diez minutos cuando una auténtica expedición de auténticos astrofotógrafos desembarcó en mi zona. Y digo expedición porque aquello empezó a llenarse de telescopios, teleobjetivos y trípodes que probablemente valían más que mi moto y, desde luego, pesaban más. Uno de ellos llevaba incluso una Olympus con un 50 mm. ¿Cómo de máquina tiene que ser un fotógrafo para llevar una Olympus con un 50 mm cuando sus compañeros llevan un 600 mm como angular? Ahí entendí que quizá había llegado con un equipo bastante bueno. Pero no necesariamente con el equipo suficientemente bueno.

82 segundos

Cuando comenzó el eclipse, durante esos minutos que en la previsión parecen largos pero que en la realidad resultan espectacularmente cortos, decidí que todo lo que había pensado en casa, casi mejor que no. No había niños con abuelos. No había filtros solares que reflejasen el eclipse como un espejo. Y, sobre todo, no había tiempo. Ochenta y dos segundos solo son mucho tiempo cuando estás esperando que se vacíe el baño.

Así que decidí olvidarme de experimentos y de intentar hacer diez fotos diferentes. Había una prioridad: asegurar una buena foto. Una. La foto sosa, sí. La foto clásica. Pero una foto al fin y al cabo. Una foto de la que pudiera decir: «Vale. Es mi primer eclipse y tengo una foto que me gusta». Parecía un plan bastante sensato. Hasta que llegó el momento crítico.

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Foto: Edu Parra

A mi alrededor la gente empezó a decir que «ya, ya, ya…». Yo veía por el ocular de mi cámara el filo del Sol a punto de desaparecer y esperaba el gran momento en el que la oscuridad se convierte en luz. Y no. Escuché una gran ovación de asombro, pero yo miraba por la cámara y no veía el eclipse. Nada.

Mi cerebro, que en ese momento estaba trabajando a varias revoluciones por encima de lo recomendable, empezó a buscar explicaciones alternativas. Pensé que quizá había golpeado el trípode y había perdido el encuadre. Que el foco se había ido. Que había tocado alguna configuración. Que algo estaba mal.

¡El filtro!

Así que hice lo que hace cualquier fotógrafo cuando no entiende qué está pasando: empezar a tocar cosas. Toqué un poco de todo. Nada. Y como nada funcionaba, cambié al 70-200 mm. Y con el 70-200 sí podía hacer las fotos perfectamente.

Aquí, por suerte, apareció el oficio. O eso me gusta pensar. La misión era salvar la foto como fuera. Mientras yo estaba en plena crisis existencial fotográfica, escuché a mi compañero Ángel decir algo que, de repente, lo explicó todo. ¡El filtro! En efecto, no había quitado el dichoso filtro.

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Foto: Edu Parra.

Rápidamente guardé el 70-200, volví a montar el cuerpo de cámara en el 500 mm y quité el filtro. Después tuve que deshacer todos los cambios a la desesperada que había hecho unos segundos antes, toqueteando todos los diales y botones que tenía a mano. Y por fin pude hacer lo que había venido a hacer: montar el encuadre, apuntar al Sol y empezar a disparar.

En una previsión, 82 segundos parecen una eternidad. Lees que la fase que quieres fotografiar dura más de un minuto y piensas que tendrás tiempo de sobra para hacer pruebas, cambiar parámetros, comprobar el histograma, hacer varias composiciones y, si hace falta, tomarte un café. La realidad es muy distinta. En cuanto empieza, todo ocurre a una velocidad absurda. Miras, enfocas, compruebas, disparas, vuelves a mirar y, de repente, se ha acabado.

O no. Porque la vida todavía me guardaba un último momento mágico para recordar. Un momento que, debo decir, yo ya tenía previsto, pero que es de esos que hacen que un fenómeno celestial que pasa una vez cada cien años deje de parecer, de repente, tan extraordinario.

Vivir la experiencia a través del visor

Justo cuando terminaba el eclipse, mi compañero Ángel se arrodillaba ante su novia para pedirle matrimonio. Así que imaginaos el ambiente. Por un lado, nosotros intentando fotografiar uno de esos fenómenos que llevábamos tiempo esperando.

Por otro, un amigo intentando conseguir otro momento irrepetible exactamente en el momento que había elegido. Y en medio, yo intentando recordar qué era lo que no había quitado del objetivo. Seguramente habrá circunstancias más tensas para un fotógrafo. Pero esta se queda bastante arriba en la lista.

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Foto: Edu Parra.

Al final, por suerte, salió todo razonablemente bien. Pude hacer la foto que quería. No hubo catástrofe. La misión estaba cumplida. Pero me queda una sensación un poco extraña. Por una parte, estoy contento. Era mi primer eclipse y conseguí hacer las fotos que quería. Técnicamente, el trabajo estaba hecho. Pero, por otra, tengo la impresión de que no tengo ese fotón espectacular que, antes de ir, imaginaba que iba a conseguir.

Además, creo que no disfruté del eclipse todo lo que podría haberlo disfrutado. Estaba demasiado pendiente de una foto, del encuadre, de la exposición y de que no se me escapara el momento. Y mientras yo estaba preocupado por todo eso, el eclipse simplemente estaba ocurriendo.

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Foto: Edu Parra.

Cuando terminó, tuve esa sensación tan fotográfica de haber estado presente en un momento extraordinario, pero haberlo vivido principalmente a través de una pantalla y un visor. Los fotógrafos tenemos -aunque en realidad esto ya le pasa a casi todo el mundo- esa tendencia un poco absurda a pensar que, si no fotografiamos algo, es casi como no esta allí. Queremos demostrar que estuvimos, queremos conservarlo, queremos enseñarlo, queremos hacer la foto que nadie más ha hecho. Y, a veces, entre tanta preocupación por conseguir la fotografía perfecta, se nos olvida levantar la cabeza.

Así que  para el próximo eclipse tengo bastante clara la estrategia. No llevaré un 500 mm. Ni un 70-200. Ni trípode. Ni cámara. Llevaré unas gafas para verlo y a la familia y los amigos. Porque si alguna vez tengo la oportunidad de volver a ver un eclipse, creo que quiero probar algo radicalmente diferente: esta vez quiero disfrutarlo.

7 COMENTARIOS

  1. Hola Edu, me fascinan tus relatos, ese «saber estar», el buen humor, la ironia… sutilmente mezclados con claros conocimientos técnicos de lo que te llevas entre manos, dando clases sin darlas…

    Un placer siempre, gracias.

    p.d. tendrías que publicar tus «relatos cortos»

      • Comprendo perfectamente la necesidad de publicidad para que los lectores disfrutemos «gratis» de un servicio como el que ofreceis. Agradezco la preocupación por intentar corregir el error. Porque no es viable ponerse a escribir un comentario, lo cual enriquece la propia noticia y ver, que tras unos minutos con unas cuántas lineas escritas, la pantalla se te bloquea, te aparece la publicidad a pantalla completa y dices «vale» espero a que termine el anuncio y sigo, pero resulta que al de unos segundos se repite la acción y después se queda la pantalla del ordenador en blanco; no funciona la tecla Esc, no hay manera de reiniciar, solo funciona salir de la página y volver a iniciarla.

        Parece que ahora no ocurra. Voy a intentar volver a escribir (más o menos lo que recuerdo) de lo que quería contar. Gracias por atender el problema.

  2. Otro artículo memorable de Edu Parra, no le conozco, pero me fascina por su manera de contar las cosas, haciéndonos sentir que estamos ahí con él. Todos sus artículos me parecen siempre de lo más ilustrativos y cercanos.

    Quizás por compartir oficio me siento muy próximo a lo que cuenta, porque en demasiadas ocasiones siento que vivo las mismas (bueno, o parecidas, vaya) aventuras que él.
    En este artículo hay una frase que para mí es determinante y 100% real: «En cuanto empieza, todo ocurre a una velocidad absurda.» Es que fue tal cuál.

    En mi caso, preparé la foto los últimos 5 días. Conté con una pareja que me haría el posado necesario, a la que prometí que les robaría 10-15 segundos de su tiempo, estuve con ellos tres veces los días anteriores a la hora en la que sería el eclipse, controlar dónde colocaría mi flash, la potencia estimada dependiendo de los ISOs, dónde ponerme yo, contrapicando un poco para meter la corona solar en el punto fuerte del encuadre. Preparé los 3 registros de memoria: C1, C2, C3 con los distintos parámetros… en fin, todas esas cosas que quieres tener controladas y aprendidas para que cuando llegase el momento, solo fuese disparar, C1pim, C2pam, C3pum y a disfrutar viendo el resto del momento.

    Me encontraba en un pueblecito de Burgos, (Solarana) casi en el eje del recorrido, con 1:45 segundos de oscuridad, así que contaba con tiempo suficiente «para todo».

    A poco minutos del momento, la gente del pueblo le dio por ponerse por donde estaba yo, con 100 metros de era en un lado y otros 200 metros por el otro ¿¡por qué puñetas se tenían que arremolinar por donde andaba yo!? Se cruzaban por la era en mi linea de tiro y yo desquiciado; tuve que estar poniendo cara de pena a todo el mundo, avisándoles también de que si se quedaban ahí, les iba a flashear frontalmente, vaya, que no era una buena idea para ellos; a todo esto me venía el pensamiento de que quizás alguno se molestase y acabase de malas meneras con mi flash de 600W/s, lo que me agobiaba aun más.

    Y llegó el momento. Creo que gracias a practicarlo me fui directo a los ajustes que quería, siempre en manual, empecé por ISO 400, viendo el resultado en la pantalla decidí hacer una correción de lo que había calculado los días antes, subí a ISO 3200, de nuevo miré, cambié el f… y ya está chicos, a disfrutar, 10 segundos después salió el sol… ¿¿¿QUÉ??? para mí fueron 15 segundos.

    No entendía nada ¿cómo podían haber pasado 95 segundos? Imposible.

    Ya por la noche, cuando se me paso toda la excitación, nervios, agobio, alegría por la foto conseguida… entonces me puse a mirar el pim-pam-pum. No fue un pimpampum, fue un requetepim, que pam que requetepum. 22 disparos, que me parecieron 5 o 6. Sin C1,C2,C3… todos disparando y corrigiendo, supongo que pudo más el instinto por oficio.

    También hubo una situación que me engañó, a causa de todos los vídeos que vi de fotógrafos que han hecho eclipses. No digo que fuese por culpa de ellos, pero de alguna manera me desorientaron un poco en el momento estelar, concretamente un fotógrafo. Él comentaba que durante la fase de eclipse total, se hacía de noche completa y que hasta se necesitaría frontal para ver la cámara; hablaba de la puesta infitita de 360º y de cómo se verían las estrellas a la hora de sacar no solo la corona solar, perlas de Bailey y el earth shining.

    Cuando todo empezó, mi cerebro se marcó el inicio de la noche total, con ese horizonte 360 de puesta infinita, para poner ISO 12800, 1/15 f:16 para la última foto. Esa noche nunca llegó, en ningún momento se hizo de noche completa. Se veía perfectamente con una luz de tono cobrizo. Nunca hice esa foto porque no ocurrió. Fue espectacular, algo único, adictivo… sí, pero me había preparado para otra cosa.

    Así que supongo que en esa espera se me fueron los segundos y el minuto.

    Al día siguiente, reflexionando, imagino que no será lo mismo un clipse a 80º del horizonte que uno de 8º como el que vivimos. Creo que el fotógrafo que vivió esa experiencia de noche cerrada, sería con otro eclipse y que cada eclipse tendrá sus peculiaridades. Y quizás él, al explicar con toda su buena intención, contó lo que vivió pero no era lo mismo que vivimos en esta ocasión. En cualquier caso muy agradecido a aquellos profesionales que lo contaron y nos dieron pistas y pautas para poder afrontar de la mejor manera este evento extraordinario.

    De nuevo, gracias Eduardo, gracias Photolari y espero que todo el mundo haya disfrutado de este eclipse. Loco ya porque llegue el del 27, a ver a dónde hay que ir.

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