
El Ateneo de Madrid, uno de los centros culturales más emblemáticos de España, acogió hace unos días un pequeño coloquio donde fotoperiodistas, editores y documentalistas compartieron el relato detrás de Archivo COVID: un archivo visual sin precedentes que nació del desconcierto, la urgencia y el compromiso colectivo durante los meses más duros de la pandemia.
Lo que comenzó como una idea “imposible” en la mente del fotógrafo Santi Palacios se transformó en un proyecto histórico, gracias a la implicación decidida de Ana Palacios —que no es su hermana, como se encargó de aclarar una vez más—, el apoyo de la Universidad de Alcalá, y la adhesión de numerosos profesionales que, durante meses, trabajaron sin descanso y sin percibir remuneración alguna.
“Yo pensaba que no era posible”, confesó Santi Palacios, evocando el momento en que escribió la carta fundacional que enviaría a otros fotoperiodistas. Esa carta fue el primer paso hacia lo que hoy es Archivo COVID.
Gracias al respaldo casi inmediato de la Universidad de Alcalá y con Ana Palacios como piedra angular, el proyecto tomó forma. “Sin Ana, el proyecto se iba fuera”, afirmó el otro Palacios sin titubear. Ella, por su parte, lo igualó: “Si tú te bajabas del barco, yo me iba contigo”. Así comenzó una travesía colectiva contra el olvido.
Resistencia documental
Archivo COVID nació como una respuesta ética ante una crisis sanitaria que no solo desbordó hospitales, sino también redacciones y estructuras narrativas. El objetivo era claro: registrar, de forma colectiva y rigurosa, los efectos humanos y sociales de la pandemia en España.
Desde el principio se apostó por una estructura editorial que otorgaba plena libertad a los editores. “La alarma [por el morbo] iba a saltar por algún lado, y el debate se iba a ver”, se dijo durante la charla, señalando que el mejor filtro no era la censura previa, sino el compromiso ético de quienes producían y revisaban las imágenes.

Fotógrafos y fotógrafas capturaron historias en condiciones extremas: hospitales colapsados, entierros solitarios, calles vacías, cuerpos ausentes. Aun así, el proyecto evitó el sensacionalismo. “No se publicaron imágenes de cadáveres, pero porque los fotoperiodistas no pudieron llegar hasta allí”, explicó Santi Palacios. “Muchas veces, ni siquiera los familiares los llegaban a ver”, añadió Chema Conesa, editor del archivo.
Un criterio editorial basado en el respeto
Uno de los casos más debatidos fue el de un fotógrafo que documentó la remoción de restos humanos en un cementerio, una medida tomada para hacer espacio a nuevos fallecidos por COVID. Aunque la imagen era veraz, su crudeza y su relación tangencial con la pandemia provocaron rechazo. “No tenía que ver con una persona concreta, solo tocaba muy tangencialmente la pandemia y el impacto visual de los huesos fue demasiado fuerte. A veces el problema no es el contenido, sino la percepción emocional que genera”, explicó Conesa.
Otras sensibilidades surgieron en torno a imágenes de agujas o vacunas, que podían provocar incomodidad. Pero, en general, la norma fue clara: respeto. “Durante la pandemia, la gente actuó con generosidad. Nadie vino a reclamar una imagen. Al contrario, muchos agradecían que su realidad fuera documentada”, añadió Conesa.
Una de las decisiones más debatidas fue cómo definir quién podía contribuir. Aunque inicialmente solo se aceptaban trabajos de fotoperiodistas acreditados, pronto se abrió la puerta a fotógrafos sin credenciales, siempre que su trabajo superara un proceso editorial exigente.
“Había gente muy entusiasta que decía: tengo una cámara, soy fotógrafo. Pero no todo lo emocional es publicable. Tienes una cámara y ya eres fotógrafo, pero no eres periodista”, puntualizó Santi Palacios antes de concluir, “si alguien sin acreditación enviaba un trabajo mejor documentado que el de un profesional, ¿por qué rechazarlo?”.
Un esfuerzo sin precedentes ni recursos
Durante meses, decenas de personas dedicaron jornadas enteras al proyecto sin recibir compensación. “Hubo ocasiones en las que me pasaba ocho horas al día [trabajando en el Archivo COVID] y no cobró nadie”, comentó Ana Palacios. “No voy a volver a gestionar un proyecto colectivo nunca más”, afirmó Palacios entre sonrisas resignadas, tras recordar las críticas y malentendidos que incluso ponían en duda los motivos del proyecto.
“Tuve que dar explicaciones durante horas para demostrar que no se ganaba dinero con esto. Me han retirado la palabra tres fotógrafos porque no les escribí personalmente” compartió el fotoperiodista madrileño.
La fotografía como memoria viva
Uno de los momentos más intensos del coloquio fue la reflexión sobre el archivo como legado histórico. “Lo que no se ve, no existe. Y lo que no existe, no se puede estudiar”, sentenció Chema Conesa. “Las fotografías las define el tiempo”, añadió, aludiendo al papel insustituible del fotoperiodismo como documento.
Archivo COVID también sirvió de refugio para la creatividad de muchos fotógrafos. “En sus casas hacían imágenes más artísticas que los periódicos rechazaban. Aquí encontraron un lugar donde su mirada fue bienvenida”, concluyó.
España logró construir un archivo único, sin fondos ni apoyo institucional significativo más allá de la Universidad de Alcalá, únicamente con voluntad, ética y vocación documental. Una rareza. Un milagro editorial cuya difusión apoyaron empresas como Fujifilm o DKV.
Durante el encuentro se mencionaron iniciativas similares en Francia e Italia para documentar la pandemia. “Nos preguntaban por qué no hacíamos un archivo mundial… La respuesta era sencilla: hazlo tú”, recordó Palacios.
Lo que queda
Hoy, Archivo COVID es un archivo de cinco años que todos reconocen como imprescindible. Pero no fue fácil. Requirió editores comprometidos, fotógrafos dispuestos a documentar la historia en tiempo real y el soporte esencial del Aula de Fotografía de la Universidad de Alcalá.
“Nosotros, los fotógrafos, no tenemos cines [como los cineastas] para que se vea nuestra obra”, reflexionó Santi Palacios. “Hay tanta información hoy día que hace más quien crea un espacio para compartir el trabajo que el trabajo en sí.”
Una frase que resume la esencia del proyecto: crear no solo imágenes, sino memoria. Una memoria que hoy puede verse, estudiarse y compartirse. Una memoria que no se borra.










