Por Egoitz Encinas. Dicen que la fotografía consiste en capturar la luz, pero tras dos años acompañando a la compañía de teatro La Tramoya he aprendido que mi trabajo reside en capturar la realidad. Esta no es una compañía convencional al estar formada por actores y actrices con discapacidad intelectual y es precisamente esa condición la que ha transformado mi forma de mirar a través del visor de la cámara, enseñándome que lo que la sociedad etiqueta como limitación es, sobre las tablas, una capacidad expresiva arrolladora.

Durante este tiempo, he sido testigo de un fenómeno único. La condición de los actores de La Tramoya no resta, suma. Donde un actor académico a veces lucha por encontrar la emoción, ellos la entregan pura y sin ningún tipo de filtro.

Publicidad

© Egoitz Encinas – 03

Su expresividad no entiende de máscaras sociales, cuando ríen en escena, la alegría es visceral y cuando lloran o se enfadan, la tensión se puede cortar en el aire, no hay postureo interpretativo. Esta autenticidad convierte discapacidad en una capacidad artística única. Para un fotógrafo esto es un regalo y un reto, porque sus rostros se convierten en mapas de emociones extremas que ocurren en milésimas de segundo y mi deber es estar ahí para inmortalizarlas.

Este trabajo documental se divide en tres actos de la misma manera que una obra teatral. El ensayo, donde nace la confianza. Es el momento de la repetición, del error permitido y de la risa. Fotografiar los ensayos me ha permitido entender la mecánica de la obra, pero sobre todo de los vínculos que existen entre los actores y actrices. Sin focos espectaculares, la fotografía aquí es cruda y cercana.

© Egoitz Encinas – 02

El camerino es mi momento favorito de todo el proceso. En la penumbra de pequeñas estancias y aseos, capturo la metamorfosis, los nervios, el silencio, el compañero que ayuda a otro a abrocharse un botón, es la intimidad antes de la tormenta.

© Egoitz Encinas – 05

Y la actuación, momento en el que se abre el telón y todo cambia. La energía se dispara, ellos se crecen ante el público y yo me vuelvo invisible.

© Egoitz Encinas – 01

Capturar el momento decisivo en La Tramoya no es fruto de la suerte, sino de dos años de convivencia en los que he aprendido a leer a cada actor, entender cómo se mueve cada uno de ellos, conocer un gesto que anuncia una gran carcajada o sus pausas antes de un monólogo intenso. Esa conexión humana es la que me permite anticiparme y disparar justo cuando su alma sale a la luz.

Sin embargo, técnicamente es una batalla constante. Los teatros suelen ser espacios hostiles para la cámara, con su oscuridad, su contraste exagerado de luces y colores en espacios reducidos. A menudo trabajo forzando la ISO, luchando contra el grano y contra el flickering provocado por los focos del escenario. Además, debo convertirme en una sombra vestido de negro, moviéndome en silencio y restringido a rincones minúsculos.

© Egoitz Encinas – 04

Aquí entra la otra realidad de mi trabajo, la lucha contra el espacio. He trabajado en teatros donde los organizadores me han arrinconado en puntos casi ciegos para no molestar, limitando mi ángulo y creatividad. La falta de facilidades en ciertos espacios convierte la fotografía en un ejercicio de contorsionismo y frustración.

Por suerte, existe la otra cara de la moneda. Hay quienes entienden el valor de lo que hacemos, teatros que no solo me permiten moverme con libertad para buscar el mejor ángulo, sino que ceden sus espacios para realizar sesiones de fotos para divulgación del trabajo con los actores o incluso exposiciones. Esos gestos marcan la diferencia entre «cubrir un evento» y «crear juntos”.

Cuando cae el telón y los actores reciben los aplausos, mi trabajo apenas va por la mitad, detrás de cada imagen publicada hay horas de soledad frente al ordenador.

El proceso de selección es minucioso, donde cientos de disparos deben convertirse sólo en aquellos que honran el esfuerzo de los actores. Busco la foto nítida, pero sobre todo busco la que tenga duende. Después viene la edición, recuperar información de las sombras, equilibrar colores contaminados por focos antiguos y darle a cada imagen la estética que la obra merece. Es un trabajo invisible, meticuloso y largo, pero necesario para que el brillo que vi en el escenario no se pierda en la pantalla.

En definitiva, estos dos años con La Tramoya han sido un máster en humanidad y técnica. He aprendido a fotografiar con poca luz, pero sobre todo, he aprendido a fotografiar con una mirada diferente, porque al final mi objetivo no es solo documentar una obra de teatro, sino mostrar al mundo que bajo los focos no hay discapacidad que valga, solo hay actores contando su verdad.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.