El 10 de agosto estaba viajando a León para fotografiar el eclipse. Justo entonces empezó el incendio forestal más grande la historia de Aragón, que afectó el entorno cercano a nuestro pueblo en Huesca. Se cobró la vida del cabo Javier García Sancho de la UME en un accidente, y obligó a evacuar 19 pueblos. Cuando la noche del 20 de agosto finalmente pude regresar, pasé días recorriendo y fotografiando las más de 18.000 hectáreas quemadas. Es una extensión enorme.


Para recorrer el perímetro quemado, en coche, hay que conducir más de dos horas por carreteras secundarias. Son zonas de muy baja densidad de población, solitarias y apartadas de las rutas turísticas. Aquí, ver un zorro, una culebra o un tejón en la calle mayor, junto a la iglesia, es lo más natural del mundo.
Pueblos abandonados, tesoros del románico aragonés perdidos en mitad del monte, cielos inmaculados y ríos de una belleza increíble, han sido el paisaje de mis vacaciones desde el año 2000, y el lugar donde nuestros hijos han aprendido a amar a la naturaleza. ¿Qué habría quedado de todo eso?


Ansioso por averiguarlo, corrí a las zonas quemadas para ver como estaría ese roble centenario, esa poza solitaria en el rio o el sendero donde pocos días antes volaban incontables mariposas. Junto con mis amigos, fuimos los primeros en llegar a muchos lugares, encontrando todavía brasas ardiendo. La mayor parte de ellos están calcinados: el escenario era desolador.

Pero aquí entra la fotografía. La fotografía, amigos, es una cosa muy seria. Siempre lo digo. El fotógrafo puede -y debe- encontrar notas alegres en el lugar más triste, brotes de vida entre las cenizas. Y al revés, en una fiesta donde todos ríen y cantan, el fotógrafo sabrá captar la mirada de ese niño triste, de esa chica que no baila. De modo que la fotografía nos puede permitir, al menos por un momento, distanciarnos de la desgracia.


Pasamos a la técnica fotográfica y al equipo. Me llevé el equipo ligero, ideal para cargarlo todo el día. Las fotos están hechas con una OM1 Mark II, una OM3 y ocasionalmente una Lumix GM5. Las del salto de agua dentro de la poza quemada, con una OM TG7, mojable. Yo soy persona de focales fijas, pero cuando llevar poco peso y moverse rápidamente es importante, un zoom tipo 24-70 f4 (en este caso, el OM 12-45 mm f4) es ideal.


Además, la reducida distancia de enfoque permite fotografiar un sujeto pequeño en su contexto, como la flor que brotó después del fuego, o la serpiente que pasaba por allí. El OM 300 mm f4 es lo suficientemente ligero como para llevarlo todo el día, por si hace falta un super teleobjetivo. Además, puede servir como macro. De noche usé el OM 17 mm f1.2.

Cuando las horas van pasando y se hace de noche, sin haberlo previsto, poder tomar fotos con largas exposiciones sin trípode (hasta seis segundos, orientativamente) es una ventaja enorme.

Debería concluir esperando que no haya más fuegos, pero es imposible. El cambio climático los ha hecho mucho más probables y mucho más difíciles de extinguir. Mucho cuidado y gracias a los bomberos.
Manel Soria (@frikosal) es profesor de Ingeniería Aeroespacial en la UPC y fotógrafo. Sus imágenes han sido publicadas en NASA APOD entre otros medios. Recientemente ha publicado su primer libro de ficción, «Insensats Ametllers».









