Los zoom todoterreno, esos que cubren desde un gran angular hasta un teleobjetivo, han sido históricamente una de las especialidades de Tamron. Ópticas de tamaño y precio ajustado con las que enfrentarse a casi cualquier escena sin necesidad de cambiar de óptica y que, eso sí, suelen implicar sacrificar luminosidad.

El nuevo Tamron 28-300 mm f4-7.1 VC para cámaras sin espejo de formato completo que la compañía acaba de presentar cumple perfectamente este guión. Disponible, al menos por ahora, sólo para cámaras Sony con montura E, hemos podido tenerlo durante unos días y recopilar unas cuantas fotografías de muestra que permiten hacerse una idea de su rendimiento y potencial.
Hemos utilizado la nueva A7C II y, por imprevistos y logística, una veterana A7 III que teníamos a mano, así que podemos ver su comportamiento también con sensores algo más veteranos y menos exigentes.
El peso de poco más de 600 gramos, y el tamaño compacto -al menos plegado, claro- son dos de los principales argumentos de este zoom de más de 10 aumentos para formato completo. Cuenta con un sistema de bloqueo para impedir que se despliegue durante el transporte, el frontal es de 67 milímetros y la construcción está en línea con las últimas ópticas Tamron.
Cuanta con un único botón para fijar el foco, pero no disponemos de interruptores para el enfoque automático y manual ni para el estabilizador de imagen. Todo queda en manos de los menús de la cámara.
Dispone de una conexión USB-C para actualizar el firmware, lo que es siempre una buena noticia que evitar tener que recurrir a otros accesorios de conexión. Igual que otras ópticas de la firma, se promete resistencia a la humedad, lo que hace pensar en algún tipo de sellado, sobre todo en la zona de la montura, aunque no una construcción pensada para resistir mucha agua o polvo.

La luminosidad parece el peaje más evidente de un zoom que se mueve entre f4 y f7.1 pero que, en realidad, sólo mantiene esa apertura máxima muy pocos milímetros. A 35 mm la luminosidad ya es f4.5, a 50 mm f5, a 70 mm cae a f5.6, a 100 mm f6.3 y a partir de unos 180 mm ya es de f7.1 para el resto del recorrido.
Detalles que, como el diseño, nos hacen pensar que el 28-400 mm f4-8 que Nikon presentó recientemente -próximamente publicaremos la prueba- bien podría ser el hermano mayor de este Tamron.
En cualquier caso, volviendo al precio a pagar por tener un todo en uno, el viñeteado y la distorsión son también claramente apreciables en este 28-300 mm. De barrilete en la parte angular y más acusado en acerico (pincushion) al extender la focal máxima. Ambos, es verdad, fáciles de corregir al editar las fotos.

Igual que el citado viñeteado en ambos extremos, aunque basta cerrar un paso para que casi desaparezca. A 300 milímetros, de hecho, a f8 es ya perfectamente tolerable. La distancia mínima de enfoque a 28 mm es de menos de 20 centímetros, lo que permite asomarse un poco (1:2.8) a la fotografía macro, algo muy interesante en una óptica polivalente y que se moverá mucho en ámbitos de foto de naturaleza.
El estabilizador óptico, por su parte, nos ha permitido obtener fotos libres de trepidación por debajo de 1/30 de segundo lo que significa que ofrece unos 4 pasos de mejora. De nuevo, algo muy interesante teniendo en cuenta la limitada luminosidad y el alcance.
Con un precio de unos 1000 euros, el trato que nos propone Tamron no parece tener letra pequeña: a cambio de renunciar a más angular y a un rendimiento óptico, tenemos una óptica solvente que cubre casi todo en cámaras de formato completo y que no se va de precio.

¿Nos gustaría más que llegara a 24 milímetros? Claro. Y que la luminosidad no decayera tan rápidamente y que el rendimiento, sobre todo en las focales más largas, fuera mejor. Pero se trata de buscar equilibrio entre alcance, tamaño, apertura y precio.
De todos modos, revisando el catálogo de Tamron no podemos dejar de pensar que el reciente 28-200 mm f2.8-5.6 de la marca -que además es más económico- puede resultar más interesante para muchos usuarios.





















