Los insectos tienen algo fascinante, no solamente para biólogos y naturalistas, sino también para escritores, poetas y cineastas. Pensemos, por ejemplo, en Nabokov, Dámaso Alonso y Buñuel. Y entre los insectos, el más interesante es probablemente la libélula.
Fotografiar estos maravillosos animales nos permitirá observar su rápida metamorfosis de larva acuática a elegante insecto alado, la enorme belleza del animal adulto, su sofisticado comportamiento y su extraño ritual de apareamiento.

Además, el verano es el momento ideal para disfrutar de las libélulas. Al lado de un río o una charca, armados solamente con vuestra cámara y algún accesorio, sin causar ningún daño a ningún animal y sin necesidad de grandes desplazamientos, os aseguramos que podéis pasarlo mejor que los cazadores en sus safaris.
Un poco de zoología
En fotografía, siempre debemos conocer a nuestro sujeto, en este caso, los odonatos. Hay dos grandes grupos: los anisópteros, normalmente más grandes y que se posan con las alas abiertas, y los zigópteros (caballitos del diablo), más pequeños y que se posan con las alas cerradas.

Nosotros usamos la palabra libélula para referirnos a ambos. Sus larvas son acuáticas y pueden vivir meses o años antes de realizar su metamorfosis. La vida de los adultos es mucho más breve. Típicamente, se alejan de su lugar de nacimiento y están algún tiempo cazando antes de regresar al agua para aparearse.
Las libélulas en absoluto son peligrosas: ni pican, ni arañan, ni muerden, ni tienen especial interés por nosotros, pobres humanos incapaces de volar. No obstante, la cultura popular en Europa las asocia a desgracias de todo tipo. En catalán, por ejemplo, uno de sus nombres populares es “estiracabells” (estira cabellos); en portugués, “tira-olhos” (arrancaojos); en noruego, “øyenstikkere” (pinchaojos).

Otros nombres las asocian a brujería, como en euskera “sorgin-orratz” (aguja de bruja) o a las serpientes, que tampoco tienen buena prensa. En Japón, por el contrario, simbolizan el valor y la felicidad. Akitsushima, la isla de las libélulas, era un nombre antiguo usado para referirse a Japón.

A mí personalmente no me gusta clasificar los animales en nocivos y beneficiosos, pero si alguno merece este último adjetivo es la libélula, gran devoradora de mosquitos tanto en fase larval como en fase adulta. Tratadlas bien, por favor: ninguna fotografía justifica hacer el más mínimo daño a un animal.
El equipo necesario para fotografiar libélulas
Las libélulas no son insectos especialmente pequeños, de modo que en principio casi cualquier objetivo nos puede servir. Para enfatizar esta idea de que no es necesario un equipo especíal he elegido fotos de ejemplo hechas en los últimos 20 años, con equipos Nikon, Fuji, Sony, OM System y toda clase de focales.

Lógicamente, un objetivo macro nos permitirá fotografiar las más pequeñas. Con o sin macro, es interesante utilizar focales largas: nos permitirán hacer fotos desde más lejos, sin asustarlas y pudiendo capturar mejor su comportamiento natural. No vamos a entrar de nuevo en el tema de que si sensor grande o pequeño, pero para macrofotografía un sensor full frame, con menos profundidad de campo no es en absoluto una ventaja. Veréis en las fotos que algunas se han hecho con flash (de relleno, excepto en las nocturnas) y otras no, pero últimamente no suelo usarlo.
Una vez aclaró que casi cualquier equipo vale, hay que admitir también que las cámaras más modernas tienen algunas funciones que nos pueden ser muy útiles, como la precaptura (con diferentes nombres según la marca). Esta foto, por ejemplo, está hecha con una OM1 Mark II, esperando con el pulsador apretado hasta la mitad, hasta que la libélula emprendió el vuelo y después tirando en RAW a 120 fps, con el foco fijo.

De esta manera, la cámara empieza a hacer fotos antes de pulsar y se pueden capturar estas escenas más fácilmente, pero sigue siendo necesaria mucha paciencia. Otro ejemplo: el focus stacking en la propia cámara, con el mismo equipo, ha permitido capturar bastante bien una escena que de otro modo hubiera sido imposible desde este ángulo.

Algo que si es totalmente recomendable, y mucho más barato, es llevar unas sandalias, un bañador y una toalla, que nos permitan entrar en el agua. Si no está prohibido, como es el caso de los parques naturales. Hay que hacerlo con mucho cuidado: un resbalón puede arruinar nuestro equipo.
Si, a pesar de todo, la cámara se moja, hay que quitar inmediatamente la batería, desmontar la óptica, abrir todas las puertas para accesorios y sacar la tarjeta de memoria. Con todo abierto, secaremos lo que podamos con la toalla, pero deberemos esperar por lo menos 48 horas antes de volver a poner la cámara en marcha, para que el agua se evapore.
Cómo empezar a hacer fotos de libélulas
El movimiento se demuestra andando. Salid, id a esa charca que hay cerca de casa, o a ese arroyo, y disfrutad haciendo vuestras propias fotos. Observando el complicado comportamiento de las libélulas, iremos entendiéndolas cada vez mejor y aprenderemos a acercarnos a ellas sin asustarlas.

Algunas, como la gran libélula emperador, raras veces se paran, mientras que otras, como las elegantes Calopteryx, pasan la mayor parte del tiempo posadas sobre la vegetación. Cada especie tiene su personalidad, y son una fuente inagotable de satisfacción para las personas curiosas. Yo llevo más de 20 años observándolas y sigo aprendiendo. Si tenéis alguna duda concreta, dejadla en los comentarios e intentaré ayudaros.
¿Pero merece la pena, tal vez os preguntéis, salir a hacer fotografías cuando ya hay tantas hechas y cuando la IA es capaz de generar casi cualquier imagen que se le pida? ¿No podemos quedarnos en casa tranquilamente o al frescor del aire acondicionado de un centro comercial viendo los vídeos que TikTok considere que nos interesan?

Desde luego que merece la pena, si tenemos claro cuál es nuestro propósito. No se trata de competir con nadie por conseguir las mejores fotos, ni de ganar ningún concurso: se trata de disfrutar en la naturaleza aprendiendo cosas. Hace muchos años que existen las películas románticas, superproducciones con grandes escenarios, bandas sonoras espectaculares y barcos que se hunden, pero esto no impide que la gente siga disfrutando del amor, cada uno a su manera.
Con la fotografía es lo mismo, y la IA no va a terminar con el placer de observar las libélulas. Yo todavía puedo verlas cuando cierro los ojos, volando contra la luz tamizada por la vegetación de ribera. Y este es uno de los mejores recuerdos de mi vida.
Manel Soria (@frikosal) es profesor de Ingeniería Aeroespacial en la UPC y fotógrafo. Sus imágenes han sido publicadas en NASA APOD entre otros medios. Recientemente ha publicado su primer libro de ficción, «Insensats Ametllers».









