La visita del Papa vista por los fotógrafos: habemus chapuza

Hay coberturas que se recuerdan por la fotografía que abre todas las portadas al día siguiente. Otras, por el personaje retratado y otras incluso por lo histórico del momento. Y luego están aquellas que pasan a la historia porque, una vez terminadas, nadie consigue explicar cómo demonios salieron adelante. La visita del Papa a Madrid pertenece sin duda a esta última categoría. Y bueno, en realidad sabemos por qué han salido: porque los fotógrafos profesionales que nos hemos volcado en ella somos, ante todo, profesionales.

Sobre el papel y habida cuenta de otros eventos pasados de calado semejante, el dispositivo parecía destinado a convertirse en un ejemplo de coordinación institucional. Al fin y al cabo, hablamos de una visita papal, no de una fiesta sorpresa organizada por tres primos un sábado por la tarde. Y ya hemos tenido en España la cumbre de la OTAN, la COP25 que organizamos en tiempo record o los conciertos de Taylor Swift.

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Vamos, que en lo de montar saros a lo grante tenemos callo. Sin embargo, conforme avanzaban los días, muchos profesionales comenzaron a sospechar que el plan logístico había sido redactado utilizando como documentación de referencia una servilleta de cafetería y una generosa dosis de optimismo.

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Foto: A.Pérez Meca / Pool

El primer síntoma apareció con la reunión de responsables de fotografía. Se celebró tan tarde que algunos empezaron a preguntarse si realmente era una reunión preparatoria o una sesión preventiva de control de daños. Cuando por fin se sentaron en la misma sala quienes debían coordinar la cobertura gráfica, muchos de los problemas ya eran inevitables. Las decisiones estaban tomadas, los errores incorporados al sistema y las posibilidades de corregir nada eran aproximadamente las mismas que las de conseguir que el Papa recorriese la Gran Vía montado en una llama.

Desde el primer momento quedó claro que existía una diferencia importante entre la visión que tenía la organización y la realidad del trabajo periodístico.  La información circuló con una fluidez comparable a la de un glaciar en agosto. Las preguntas se acumulaban. Las respuestas no tanto.Los responsables gráficos preguntaban por accesos. Silencio. Preguntaban por posiciones. Silencio. Preguntaban por distancias. Silencio.

«No está pensado para fotógrafos»

Las peticiones realizadas por los fotógrafos rara vez fueron atendidas. Las sugerencias de quienes llevan décadas cubriendo cumbres internacionales, visitas de Estado, campañas electorales, funerales de Estado o acontecimientos deportivos de primer nivel parecían caer en un agujero negro burocrático del que jamás regresaban.

Resultaba llamativo comprobar cómo la experiencia acumulada de centenares de profesionales era considerada un elemento decorativo más del operativo. «Los eventos -se afirmó textualmente desde la organización por una persona aparentemente harta de recibir nuestras quejas- no están pensados para fotógrafos». Tal cual.

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Foto: Eduardo Parra / Pool

Las acreditaciones constituyeron otro pequeño milagro administrativo. Llegaron tan tarde que algunos profesionales recibieron más información de sus compañeros de WhatsApp que de los canales oficiales. En ciertos momentos daba la impresión de que las acreditaciones estaban siendo fabricadas artesanalmente por monjes copistas en algún monasterio remoto. Una vez obtenidas, comenzaba la segunda aventura: descubrir qué significaban realmente.

Porque una cosa era lo que decía el documento y otra muy distinta lo que decía el dossier de prensa y otra lo que sabía la persona encargada de controlar el acceso. Y aquí apareció otro fenómeno fascinante: la desinformación entre los propios cuerpos de seguridad. La policía desconocía que existían distintos tipos de acreditaciones de prensa y las capacidades asociadas a cada una de ellas.

Como consecuencia, fotógrafos autorizados para acceder a determinadas zonas se encontraron explicando sus permisos una y otra vez. En algunos casos, la conversación se repetía tantas veces que varios compañeros podrían haber impartido un curso acelerado sobre acreditaciones especiales mejor que quienes las habían diseñado.

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Foto: A.Pérez Meca / Pool

La asignación de puestos fotográficos merece un capítulo propio. Decir que fue caótica sería injusto con el caos, que al menos posee ciertas reglas internas. Hubo un par de posiciones excelentes. Hubo muchísimas posiciones mediocres. Hubo demasiadas posiciones absolutamente inútiles.

Y hubo posiciones que existían únicamente en una dimensión paralela accesible mediante portales interdimensionales o una imaginación especialmente desarrollada. Algunos fotógrafos llegaron a lugares asignados para descubrir que el puesto simplemente no estaba allí. No estaba ocupado. No estaba restringido. No estaba mal señalizado. Simplemente no estaba.

Tampoco ayudó la ausencia de croquis detallados. En una cobertura de semejante tamaño, donde cada metro cuenta, la documentación gráfica brilló por su ausencia. Los profesionales se desplazaban por los recintos con el entusiasmo de los exploradores del siglo XV buscando continentes desconocidos. Muchos acababan encontrando el puesto correcto, aunque fuese un puesto a decenas y decenas de metros con tarimas de cámaras delante. Algunos descubrían directamente un seto que ese teórico ‘pool M1’ que les correspondía había sido asumido sin previo aviso por el ‘pool M2’.

Aquí hay clases: los fotógrafos del Vaticano

Otro de los misterios de la visita fue el criterio utilizado para asignar plazas. En varias ocasiones, dos fotógrafos del mismo medio aparecieron destinados al mismo punto mientras otros espacios quedaban sin cubrir o repartidos de forma difícilmente comprensible, con redactores en gradas con tiros mucho mejores y cercanos que los de los fotógrafos. Lo de que esto no estaba montado para fotógrafos, iba muy en serio.

Mientras tanto, los fotógrafos oficiales del Vaticano parecían disfrutar de una libertad de movimientos que el resto de mortales observaba con cierta admiración antropológica. Entraban, salían, se movían y ocupaban espacios con una soltura que sugería la existencia de un universo normativo distinto.

Me sabe mal decirlo, pero los compañeros que vinieron con el Santo Padre se esforzaron muy poco, y soy generoso, en evitar que nos cayeran mal. En ocasiones, su presencia complicaba directamente el trabajo de otros profesionales. Lo notable es que el problema no era su trabajo, perfectamente legítimo, sino la ausencia de coordinación para compatibilizarlo con el del resto de medios.

Más de un fotógrafo vio cómo una posición cuidadosamente planificada quedaba inutilizada por movimientos inesperados de quienes, aparentemente, respondían a reglas diferentes. Por cierto, sus fotos, las del Vaticano, se venden a 150 euros la pieza.

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Foto: Elvira Urquijo / Pool

La logística de desplazamientos tampoco escapó al espíritu general del operativo. Algunos fotógrafos con acreditación especial, necesitaban viajar junto a la comitiva para llegar a tiempo a los siguientes escenarios. Era una necesidad evidente para cualquiera que hubiera observado que la organización había explicado claramente que ciertos eventos, por su distancia física y horario, eran incompatibles entre sí.

Sin embargo, aquello no siempre fue previsto, así que hubo profesionales acreditados para estar cerca del Papa que, paradójicamente, no podían llegar a tiempo para fotografiarlo. Un planteamiento tan original como organizar el Tour de Francia olvidando las bicicletas.

La falta de coordinación entre departamentos produjo situaciones memorables. En algunos actos, elementos colocados por la propia organización terminaban bloqueando exactamente las líneas de visión reservadas para los fotógrafos. Tampoco faltó la actitud de algunos responsables, más preocupados por demostrar quién mandaba que por resolver los problemas que tenían delante.

Parecía una competición permanente de autoridad, una especie de pulso burocrático donde cada departamento intentaba imponer su criterio sobre el resto. Lo curioso es que, tratándose de una visita papal, la batalla estaba perdida desde el principio. Porque en algunos momentos parecía que la organización estaba jugando a medírsela, sin caer en la cuenta de que, en cuestiones de tamaño, el Papa siempre la tiene más grande.

Soluciones improvisadas

Y, sin embargo, pese a todo, las fotografías salieron. Las portadas se publicaron. Los periódicos llegaron a los quioscos. Las agencias distribuyeron sus imágenes. Los informativos emitieron sus piezas.

Como suele ocurrir en estos casos, el sistema funcionó gracias al esfuerzo colectivo de los profesionales que tuvieron que improvisar soluciones para problemas que nunca deberían haber existido. Fotógrafos que compartían información entre ellos porque no llegaba por los canales oficiales, jefes de fotografía enganchados al teléfono y al Lorazepam, resolviendo cuestiones que deberían haber estado cerradas semanas antes.

Conductores, redactores y técnicos adaptándose continuamente a circunstancias cambiantes. Incluso jefes de escoltas y de gabinete de autoridades levantando cintas policiales para que pudiéramos trabajar porque el desastre era demasiado evidente.

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Foto: A.Pérez Meca / Pool

El evento salió adelante porque quienes estaban trabajando decidieron que así fuera. La visita del Papa dejó imágenes históricas porque la noticia era la visita del Papa, no el dispositivo de prensa.

Y cuando los profesionales terminan dedicando más tiempo a descifrar acreditaciones, localizar posiciones fantasma, discutir accesos o esquivar obstáculos colocados por la propia organización que a buscar fotografías, algo ha fallado.

Afortunadamente, el público nunca llegó a enterarse de eso. Como tantas veces ocurre en este oficio, las dificultades quedaron fuera del encuadre, para nuestras charlas de café, los grupos de WhatsApp o artículos como este que buscan desahogo más que explicaciones.

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